Hace unas horas, en las costas de Navolato, ya se sintieron los estragos del huracán Polo. El fenómeno no va a impactar directamente en Sinaloa, en este momento se prepara para entrar a Baja California Sur, pero eso no significa que aquí no se sienta. Las lluvias que ha originado el huracán y, principalmente, el incremento de la marea han provocado inundaciones en varias comunidades de Navolato, entre ellas Altata, Nuevo Altata y Yameto. Protección Civil habilitó como refugio temporal una escuela primaria en la sindicatura de Altata y se reportan acciones de apoyo en el campo pesquero Las Aguamitas. En Yameto hay calles por las que ya no se puede transitar y hubo habitantes que necesitaron lanchas para salir a buscar agua y alimento.
Cuando pasa algo así, en Sinaloa se reacciona rápido. Y eso habla bien del estado. A las pocas horas ya hay grupos de vecinos organizando colectas, empresas preguntando dónde llevar despensas, gente juntando ropa, agua y alimento para mandarlo a donde se vio la inundación. El impulso es genuino y viene de un buen lugar.
Pero vale la pena decir algo que quizá no es popular: ese impulso, sin orden, también hace daño. Antes hay que separar dos cosas que en la emergencia se mezclan. Una es la familia que quedó aislada: el agua le cortó la calle, no puede salir a comprar, no tiene dónde cocinar o perdió lo que tenía en casa. Esa necesidad es inmediata, dura unos días y se atiende ya, sin diagnóstico de por medio, porque el problema no es la pobreza sino el agua. Otra cosa distinta es la carencia alimentaria: una familia que aun sin inundación no logra completar sus alimentos del mes. Esa no empezó con el huracán ni se va a ir cuando baje la marea, y esa sí requiere estudio, porque atenderla mal significa sostener un apoyo que no llega a quien debe.
Se confunden seguido, y por eso conviene insistir: tener la casa o la calle inundada no es sinónimo de carencia alimentaria. Una familia puede tener el patio lleno de agua y la despensa completa. Otra puede vivir a tres cuadras, seca, y no haber comido bien en semanas. La inundación es visible; el hambre casi nunca lo es. Y se suele repartir según lo que se ve.
En el Banco de Alimentos no se entrega un paquete alimentario nada más porque sí. Antes hay un estudio, una evaluación, un diagnóstico. Se revisa dónde sí y dónde no, y en los lugares donde sí, se revisa quién verdaderamente necesita el apoyo. Eso toma tiempo y a veces desespera, sobre todo cuando la emergencia está en las noticias y todos quieren actuar ya. Pero es lo que separa la ayuda del gesto.
Cuando el alimento se reparte sin ese filtro pasan tres cosas. La primera es que llega a quien no lo necesitaba y no llega a quien sí. La segunda es que se duplica: una comunidad recibe cinco colectas distintas en dos días, buena parte de ese alimento se echa a perder, y la comunidad de junto no recibe nada. La tercera es la que menos se dice: se trata a la gente como un grupo indistinto al que hay que descargarle cosas encima, en lugar de preguntarle qué necesita.
Hay que ser honestos también con lo que el Banco de Alimentos puede y no puede hacer en este momento. Responder a esta emergencia va a ser difícil, porque justo ahora es cuando más carencia de alimento se tiene. El inventario está bajo y los compromisos con las comunidades que ya se atienden cada quince días siguen ahí. Se va a intentar una colecta y se verá hasta dónde alcanza para apoyar, pero no se puede prometer más de lo que hay. Esta emergencia se va a atender en la medida en que la sociedad y las empresas respalden. No es una frase de cortesía: es la condición real.
A las empresas y a las personas que quieran apoyar, va una invitación concreta. Antes de organizar la colecta por su cuenta, acérquense a una organización que ya trabaje en esto. El Banco de Alimentos lleva más de veinte años en Sinaloa y ha atendido varias emergencias: sabe a quién llamar en cada comunidad, qué alimento resiste el traslado y cuál no, y cómo verificar que llegó. No se dice para que todo el apoyo pase por una sola puerta. Se dice porque ese aprendizaje ya está hecho y no tiene caso volver a pagarlo con alimento perdido.
Nada de esto es un llamado a no hacer nada. Es un llamado a esperar unas horas, preguntar primero y actuar con información. En una emergencia, la prisa se siente como responsabilidad, pero no siempre lo es.
El Banco estará haciendo lo que le toca: levantar información en las comunidades de la zona, ver dónde hay una necesidad alimentaria real y atenderla hasta donde el inventario y los donativos lo permitan. Cuando el diagnóstico esté listo se dirá con claridad, incluso si la conclusión es que en algún lugar no hace falta un paquete alimentario.
